Edimburgo tiene fama veterana de hallarse a la vanguardia de la investigación médica. A principios del s. XIX, ello llevó a una escasez de cadáveres con los que los anatomistas de la ciudad satifacían sus necesidades. Y así nació el comercio ilegal de cadáveres.

En 1505, al entonces recién fundado Real Colegio de Cirujanos de Edimburgo se le adjudicó oficialmente, con fines académicos, el cadáver de un criminal ejecutado por año. Pero aquello no era suficiente para satisfacer la curiosidad de los anatomistas de la ciudad y, en los siglos siguientes, prosperó un tráfico ilegal de cadáveres que alcanzó su punto álgido a principios del s. XIX, cuando las clases de anatomía de cirujanos famosos, como el profesor Robert Knox, congregaban a más de 500 personas.

El mayor suministro se hallaba en los cementerios. Los ladrones de tumbas – u “hombres de la resurrección”- saqueaban recién enterrados y vendían sus cadáveres a los anatomistas, que hacían la vista gorda ante el origen de su material de investigación.

Contra tan macabro comercio se tomaron algunas medidas, entre ellas la mort-safe, una caja de metal que cubría el ataúd hasta que el cuerpo empezaba a descomponerse, de la cual se pueden ver ejemplos en Greyfriars Kirkyard y en la planta 5ª del National Museum of Scotland. También se utilizaron atalayas, desde donde un sacristán o parientes de los difuntos montaban guardia ante las tumbas más recientes. Quedan algunas en los cementerios de St Cuthbert y Duddingston.

Los infames William Burke y William Hare, que alquilaban habitaciones en Tanner’s Close, en el extremo oeste de Grassmarket, llevaron el negocio del saqueo de cuerpos un paso más allá. Cuando un inquilino anciano moría sin pagar el alquiler, Burke y Hare robaban su cuerpo de la tumba y se lo vendían al profesor Knox. Viendo que aquello podía resultar muy lucrativo, decidieron que, en lugar de esperar que alguien muriera, lo asesinarían directamente y así se convertirían en proveedores de cadáveres frescos.

Elegían a sus víctimas entre los más pobres y débiles de Grassmarket, les atraían a su casa, les ofrecían alcohol y les asfixiaban. Entre diciembre de 1827 y octubre de 1828 asesinaron al menos a 16 personas, cuyos cadáveres vendieron al doctor Knox. Cuando por fin fueron detenidos, Hare testificó contra Burke para salvarse.

William Burke y William Hare llevaron el negocio algo más lejos y decidieron crear su propia fuente de cadáveres frescos mediante el asesinato. Entre diciembre de 1827 y octubre de 1828 mataron com mínimo a 16 personas y vendieron sus cuerpos al cirujano Robert Knox.

Cuando finalmente se las vieron ante la ley, Hare testificó contra Burke, que fue colgado a las puertas de la catedral de St Giles en enero de 1829. Irónicamente, su cadáver se cedió a la escuela de anatomía para su disección pública.

A consecuencia del caso Burke y Hare, se promulgó la Ley de Anatomía de 1832, todavía vigente, que regula el suministro de cadáveres para la disección.

Más tarde, según cuenta la historia, que en julio de 1836 cinco chicos que estaban cazando conejos en las laderas de Arthur’s Seat hicieron un extraño hallazgo: en un hueco bajo una roca, colocados sobre una pila de tejas de pizarra, había 17 minúsculos ataúde de madera. Cada uno media solo 10 cm de largo y contenía una figura humana de tosca talla vestida con ropa hecha a mano.

Se han propuesto muchas teorías para brindar explicaciones, pero la más convincente es la que afirma que los ataúdes se hicieron en respuesta a los infames asesinatos que Burke y Hare llevaron a cabo en 1831 y 1832: el número de ataúdes coincide con el de las víctimas. Además, en aquella época se creía que la gente cuyos cuerpos diseccionaba un anatomista no podían entrar en el cielo. De modo que quizá alguien confeccionó esas figurillas para que los muertos tuvieran una suerte de funeral cristiano.

Se convervan ocho de los 17 ataúdes, y pueden verse en el National Museum of Scotland. El autor edimburgués Ian Rankin se sirve de ellos en su novela policiaca Aguas turbulentas.