El mes que finalizan todos los festivales y apenas quedan turistas, es perfecto para regresar a la ciudad y llevar a cabo un trabajo que me apasiona muchísimo.

Edimburgo es una de las ciudades más bellas que he podido visitar, encaramada sobre antiguos riscos, con una laberíntica Old Town que observa por encima de verdes jardines la elegancia georgiana de New Town. Historia y arquitectura se codean con una bacanal de bares, innovadores restaurantes y las tiendas más estilosas de Escocia, todo ello envuelto en un paisaje urbano inmortalizado en el cine y la literatura.

Cuando uno lleva bastante tiempo sin visitarla y te encuentras a sus puertas. Sabes que estas llegando, porque percibes en el ambiente un intenso olor mezcla de levadura de cerveza y cebada.

No en vano Edimburgo alberga dos grandes fábricas de cerveza y una destilería de whisky, si además, le sumas que en toda la ciudad hay más de 700 pubs, que estos a su vez, se fabrican su propia cerveza pues imagínate.

Parece increíble, en lo que se ha convertido hoy la vieja Auld Reekie, no tiene nada que ver con lo que fue en el pasado. Edimburgo es hoy una ciudad cosmopolita, no muy grande y que te atrapará si permaneces unos días en ella.

Edimburgo es una ciudad que pide ser explorada. Desde las bóvedas y los wynds (callejones) que plagan el Old Town (casco antiguo) hasta las aldeas urbanas de Stockbridge y Cramond, está repleta de rincones curiosos que tientan al caminante para que ande siempre un poco más.

Y cada esquina revela estampas repentinas y vistas inesperadas; colinas verdes bañadas por el sol, peñascos rojizos o un destello azul del lejano mar. Pero Edimburgo no se limita al turismo; tiene buenas tiendas, excelentes restaurantes y un sinfín de bares. Es una ciudad de pubs y conciertos improvisados, de alocados clubes y de fiestas que duran toda la noche, de las que se regresa al alba caminando por las calles adoquinadas.

Estoy alojado en casa de unos amigos, nada más y nada menos que en Grassmarket. Desde aquí voy a empezar mi aventura cámara en mano y no voy a dejar títere sin cabeza.

Esta ciudad es muy culta, tiene cuatro Universidades, está repleta de museos, bibliotecas, cuidan impecablemente su patrimonio. Todo en Edimburgo es pacífico, ordenado y alegre, contagiando ese maravilloso espíritu a quienes la visitan.

No voy a pagar por entrar ni al castillo ni al palacio de la Reina,  es carísimo y no te dejan hacer fotos donde realmente vale la pena. El bus turístico no sirve para nada, lo que me apasiona es sumergirme al ritmo de un edimburgués más y descubrir sus curiosidades.

Leerás por ahí, que puedes visitar en un día, dos, cinco esta ciudad, eso es incierto, esta ciudad necesita su tiempo. Así como apuntarse a tours guiados que no sirven de nada, a menos que seas un gandul y no te guste empaparte de su historia antes de llegar a un destino determinado.

Como consejo, olvídate de los repartidores de flyers que encontrarás por el casco antiguo, guíate por tu instinto, disfruta a tu ritmo y déjate llevar por el encanto que se respira a cada paso que das.

Observa a la gente local, tómate una buena cerveza en cualquier pub, o degusta las auténticas empanadillas escocesas. Sumérgete en la historia que se te muestra en cada rincón, callejón, patio o monumento de esta impresionante ciudad.

Relájate, te encuentras de vacaciones, todo el año esperándolas como agua de mayo, ¡como para ir con prisas!. ¡JA!