Entre finales del s. XIV y comienzos de XVIII, la población de Edimburgo -aún confinada en los muros de Old Town- pasó de 2000 a 50.000 habitantes.

Sus inestables viviendas a veces se derrumbaban, el fuego era un peligro constante y el hacinamiento y la miseria se hiceron insoportables. No había sistema de alcantarillado y los residuos eran arrojados a la calle por la ventana al eufemístico grito de Gardyloo! (del francés gardez l’eau, es decir, “cuidado co el agua”). Los transeúntes contestaban con un Haud yer haun!, esto es, “¡Aguarde!”), pero a menudo era demasiado tarde. El hedor que emanaba de las calles se llamaba irónicamente the Floo’rs o’ Edinburgh (“las flores de Edimburgo”).

De modo que, cuando el Acta de Unión de 1707 trajo consigo una esperanza de estabilidad a largo plazo, las clases altas optaron por moradas más salubres y espaciosas, y en 1766 el alcalde convocó un concurso para diseñar una ampliación de la ciudad. Lo ganó un desconocido de 23 años, James Craig, arquitecto autodidacta cuyo elegante plan ideó el principal eje de New Town, George St, siguiendo la cresta de una cadena al norte de Old Town, con regias plazas en cada extremo. Solo se podía construir en un lado de Princes St y Queen St, de modo que las casas tenían vistas del fiordo de Forth al norte y del castillo y Old Town al sur.

En los s. XVIII y XIX, New Town siguió generando plazas, gloriestas parques y terrazas, y parte de su mejor arquetectura neoclásica es diseño de Robert Adam. Hoy es uno de los más bellos ejemplos del mundo de arquitectura georgiana y es Patrimonio Mundial de la Unesco.