Quien duda hoy en día, en este mundo tan globalizado que está todo a un clic de ratón, que antaño Escocia fuera considerada geográficamente aislada del mundo. Escocia ha sido escenario frecuente de incursiones, inmigraciones y luchas territoriales, y ha recibido influencias de los romanos, los reinos nórdicos, Irlanda, Francia y, por supuesto, Inglaterra.

Desde la decadencia de los vikingos, la historia escocesa ha estado previsiblemente ligada –y a veces con violencia– a la de su vecina del sur. Las batallas y las incursiones fueron corrientes hasta que la monarquía compartida primero y la unión política después unificaron los dos países; e incluso entonces, los levantamientos jacobitas testimoniaban un deseo de libertad, que al final se materializó en parte con la devolución de poderes a fines del s. XX.

La brumosa Prehistoria de Escocia ha dejado monumentos señeros, sobre todo en las islas septentrionales; pero la primera referencia externa a los habitantes de la Gran Bretaña norteña llegó con los romanos, cuyas luchas contra los pictos obligaron a construir dos enormes murallas defensivas.

Si la presencia romana forzó la unión de tribus hasta entonces dispersas, las incursiones vikingas surtieron el mismo efecto, pues llevaron a la unificación del reino escocés de Dalriada con el de los pictos, de la que nació Escocia.

Una vez roto el poder vikingo, se escenificó durante siglos la consabida historia de monarcas fuertes y débiles, intrigas políticas y luchas dinásticas. Las guerras de independencia liberaron a Escocia de interferencias inglesas y elevaron a William Wallace y Robert Bruce a la categoría de héroes.

La dinastía Estuardo convirtió a Escocia en una fuerza europea de primer orden en la política y el arte del Renacimiento; pero una vez que Jacobo VI heredó el reino de Inglaterra, la atención real se desplazó al sur de la frontera, y mientras las flotas surcaban los océanos rumbo a nuevas y lejanas colonias, Escocia quedó rezagada. La unión política de principios del s. XVIII nació del pragmatismo y suscitó recelos; lo cual, unido a la destitución del rey católico Jacobo en favor de su yerno holandés y protestante, provocó la ira popular. Las rebeliones jacobitas del s. XVIII intentaron reconquistar el poder sentando en el trono primero al hijo de Jacobo y después a su nieto Carlos Eduardo.

La derrota de Culloden supuso el fin de estos sueños y del sistema de clanes. Las Highlands habían sido gobernadas como nación aparte por los jefes de los clanes, quienes privados ahora del poder, pero dueños de vastas propiedades, expulsaron a los arrendatarios que las trabajaban y se dedicaron a la cría de ovejas. Este período de brutalidad, conocido como las Clearances, convirtió las Highlands en un despoblado erial y obligó a cientos de miles de personas a emigrar o a llevar una existencia precaria en la costa; los que se instalaron en las ciudades actuaron como motor de la Revolución industrial y forjaron una cadena de industrias pesadas en Escocia meridional que duró hasta finales del s. XX.